Michael Robinson, de ganador de La Copa de Europa a la voz de la tele española | Sid Lowe | The Guardian

Michael Robinson tenía un gran corazón y además le encantaba contar historias. Contaba historias en la televisión, en la radio y cada vez que estabas con él. Historias cálidas, divertidas, humanas. Y sin parar. Podía hablar y hablar, aunque también escuchaba. No podías reunirte con él para almorzar y esperar volver a casa antes de la cena. Amaba el fútbol, pero, sobre todo, amaba a las personas, a las buenas personas. El juego, que entendió y comunicó mejor que nadie -las tácticas, la inspiración- era una excusa para todo lo demás, dijo.

El problema con eso es que hacía pensar que no era tan bueno jugando, y el solía insinuarlo también. Ian Rush era un genio que lo hacía parecer bueno a él, dijo: todo lo que tenía que hacer era centrarle la pelota, a cualquier sitio, y mágicamente aquel lo convertía en la mejor de las asistencias. Como si eso fuera fácil. Cualquiera no ficha por el Liverpool, solía ponerse de portero en los entrenamientos, Cat, lo llamaban, y solía quedarse fuera del baño leyendo el programa a Kenny Dalglish los días de partido. Allí, en el campo del West Ham donde anotó un hat-trick bajo una lluvia torrencial.

Unos días antes, cuando las cosas no iban bien y cuando Robinson dudaba de sí mismo, convencido de que no jugaría, y probablemente para siempre, Joe Fagan lo llamó al boot room. Fagan le dijo “le gustas a mi esposa” y le confirmó que sería titular el sábado siguiente. Marcó y al final de la temporada 1983-84 tenía en su haber una liga y una medalla de la Copa de la Liga. En la final de la Copa de Europa en Roma, reemplazó a Dalglish. Estaba orgulloso de eso: El Liverpool era su equipo desde que era niño en Blackpool, donde sus padres dirigían una casa de huéspedes, era el club que él sentía como suyo.

Sin embargo, los días que recordaba con más cariño ocurrieron en 1983 cuando jugaba con el Brighton, “un grupo de amigos”, fue a Wembley para la final de la Copa FA. Junto con Graeme Souness, Steve Foster era su mejor amigo, un “hombre guapo” en palabras de Michael. Incluso pese a aquel famoso cometario en la radio de Peter Jones: Smith-must-score (que por cierto no marcó en ese primer partido de la final contra el Manchester United) ni siquiera eso le arruinó el día. Jugar el replay fue maravilloso: así lo sintió Michael, nunca pensaron que irían a Wembley; ahora iban a ir dos veces. A pesar de perder el segundo partido, nunca lo vio como una derrota. En cambio, siempre sintió una especie de eterna gratitud por haber vivido aquello.

Y, ¡oh!, Michael la vivió. Jugó en el Preston, Manchester City, Brighton, Liverpool, QPR y con la selección de la República de Irlanda. Y luego en Osasuna, que es donde comenzó todo: esa otra vida. Donde se encontró a sí mismo, aunque al principio no localizaba dónde estaba Osasuna. La noche que firmó, se sentó en un hotel en Heathrow y lo buscó en un mapa, sin saber que ese no era el nombre de la ciudad. Cuando fue a su primera sesión de entrenamiento, acompañado por su compañero de equipo Iñaki Ibáñez, no podía entender qué hacía el director del hotel en el campo con ellos. Resultó que el hombre que había conocido la noche anterior era el entrenador del equipo.

Michael no le había entendido. Al principio no entendió mucho y, sin embargo, con el tiempo lo entendió todo. Los compañeros de equipo lo mandaban al bar para pedir seis hijos de puta. Era su “juguete”, dijo con cariño. Jugó algunos partidos, marcó algunos goles y era diferente como futbolista. Cuando se lesionó, dijo que estaba mal que le pagaran porque no estaba jugando. En 1989 se retiró, con solo 31 años. Que es cuando, lejos de terminar, comenzó.

España se había convertido en su hogar, en su lugar. Haría aún más: es realmente difícil intentar explicar a la gente en Inglaterra e Irlanda lo importante que fue aquí, cuán popular, cuán amado, qué parte de la base de la sociedad le abrazó como a uno de ellos. Una manera de entender su popularidad podría ser usar una vieja manera de evaluar la fama: sabes que lo has logrado si estás en Spitting Image. Bueno, la marioneta de Michael presentó la versión en español del show. También era la portada de PC Fútbol y la voz de la hermana fea en Shrek.

No fue deliberado, pero llamó la atención el hecho de que hablara de España como “nosotros” cuando ganaron la Copa del Mundo y nadie contó la historia de aquel 2010 como lo hizo en su documental “Cuando fuimos campeones”Ha muerto a los 61 años , y es aquí donde su vida, su forma de ser llegó a todos los hogares y, a su manera. tocó el corazón de todos.

Michael tenía esta teoría, que expresó solo medio en serio medio en broma, y es que realmente era español. Había hurgado en sus raíces hasta el condado de Cork en 1732. Allí, casi todos son pálidos, tienen pecas y son pelirrojos. Solo el 2% de la población es de tez oscura como yo, dijo. Ese 2% son descendientes de la Armada Invencible empujados a su casa después de la derrota, marineros de Galicia o Cádiz. “Creo que en realidad debo ser de Cádiz”, concluyó. Bueno, tenía que ser así: una ciudad llena de vida y risas que Michael amaba; alguien como él que fue un tipo espontáneo, abierto, humilde.

La primera vez que se le pidió a Robinson que comentara partidos, dijo que no era una gran idea: conocía 100 palabras en español y 90 eran tacos. Pero eso era parte de su encanto. Cuando, más tarde, su español se volvió demasiado bueno, a pesar de todas las peculiaridades, sus jefes le sugirieron que se olvidara de eso y lo dejara apartado momentáneamente.

Todo comenzó en la Copa del Mundo de 1990. Al estar allí, vio lo que nunca sintió como jugador, se escondió en el hotel y, dijo, estaba contento de no haber jugado un mundial, porque la presión habría sido demasiado grande sabiendo que todas esas personas dependían de que él pusiera la pelota en la red. Vio a miles y miles de personas de todo el mundo, todos los países, todos los credos y todas las edades. Vio caras pintadas, la fiesta, la comunión de las aficiones, todo lo que significaba para ellos. Pensó para sí mismo: “Eso también debería estar reflejado en la televisión”. Entonces, lo hizo.

Todos los lunes por la noche durante 15 años, España tenía una cita con él. “El Día Después”, sorprendentemente, aquel programa se convirtió en una institución, en una manera de ver el futbol y transmitirlo, y fue a su manera: no solo presentó el programa, sino que lo produjo y lo escribió con un equipo que formó. Las reuniones de producción del lunes en sus oficinas de Tres Cantos estaban repletas de historias y emoción. Les dijo a todos, sin cesar de repetirlo, que con aquello se les permitía entrar en las salas de estar de las casas y que nunca deberían olvidar eso: que era un honor que había que cuidar con respeto. Eligió a ese equipo con cuidado y los cuidó profundamente.

Describió el espectáculo como “una radiografía de la sociedad; Se trata de un sentimiento común, un programa de fútbol que va más allá del juego en sí. El Día Después es para todos: para 30 millones de españoles, no para las cinco personas que piensan que son los dueños del juego, los que más saben”. No quería entretenerse con los aburridos debates de arbitraje; le gustaba demasiado el juego y lo bueno que conlleva. “Los errores del arbitraje son las arrugas en la cara de Paul Newman, pequeñas imperfecciones: no cambian la belleza del fútbol”, dijo.

Su show era divertido y trataba sobre los hinchas y los futbolistas sobre todo. Y fue un éxito enorme. A Michael le gustaba especialmente un video de un niño pequeño que iba por primera vez al campo, un chaval de cuatro o cinco años. Sus cámaras captaron al niño en el Bernabéu, con los ojos muy abiertos, abrumado, sonriendo: “Un niño que muestra de qué trata el fútbol en verdad”.

El Día Después no fue solo un programa, fue casi un concepto, una filosofía sobre la vida y el fútbol. No siempre le fue fácil explicar exactamente qué estaba tratando de hacer, pero en cierto modo también era muy simple: se trataba de disfrutar. Fue un ser optimista, positivo, divertido, carente de cinismo y se negaba a burlarse de nadie. Eso no merecía la pena. Mostró esa visión a quienes la compartieron como Díadespuesistas y no le importaba tener la exclusiva sobre ese estilo: abrazó y defendió a quienes tenían opiniones y formas similares de ver y vivir el fútbol. Nunca perdonó a los ejecutivos que acabaron con el programa. Aún menos cuando le reemplazaron por un sucesor que fue despedido unas semanas después.

Observaba, escuchaba y leía sin cesar y respondía cuando las historias que le contaban lo conmocionaban.Los relatos sobre la belleza, el sentimiento o la emoción lo llevaron siempre a levantar el auricular o compartirlas con otros: las vidas de personas, los retratos que iban más allá del deporte. Era un profesor, un guía sin querer serlo, y no presumía nunca de serlo.

No dejó de hacerlo, al contario. ¿Cómo pudo? Intencionadamente fue a contra corriente de los medios, ​​tratando de alejarse de los debates vacíos, del ruido sin contenido. Querer a las personas buenas significaba que no les gustan las malas, y así se comportó. Tenía un gran talento y también tenía integridad; no se dejaba arrastrar a algo en lo que no creía, ni permitiría que su equipo se quedara atrás. Tomó su propio camino, llevándose a los suyos consigo. Su trabajo ahora era más serio, pero siempre impulsado por el mismo enfoque fundamental: la humanidad.

Informe Robinson, que por cierto no le gustaba mucho el nombre, contaba historias deportivas, pero sobre todo contaba historias de vida. Una serie documental profunda, bellamente filmada y conmovedora, llena de admiración por los grandes atletas y también por los pequeños. Tan bueno era que, lejos de cerrarle las puertas, los futbolistas le llamaban y le rogaban que continuara. Quizá su equipo cuente su historia algún día y lo hará a su manera, pero ¿dónde encontrar un narrador mejor al hombre que vivió esa historia en sus carnes?

El programa de radio de Michael en  la Cadena Ser , más reciente, trazó un curso similar al de su trabajo televisivo: historias de coraje y superación, breves piezas de vida llenas de simbolismo y significado. Siguió trabajando después de que le diagnosticaran el cáncer, en Informe Robinson y comentando los partidos de fútbol del domingo por la noche, ese enorme corazón nunca cambió, ni el disfrute y el entusiasmo que lo caracterizaban, que estuvieron siempre ahí. Su programa de radio se llamaba Acento Robinson, eso lo decía todo: no había una voz como la suya, una voz que España escuchó e hizo suya durante muchos años, aunque no los suficientes.

Read more….Source: Michael Robinson, from European Cup winner to the voice of Spanish TV | Sid Lowe | Football | The Guardian

imagen: twitter.com

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